Ecos de sal y pizarra
El inventario del olvido
Los muros empedrados no son piedra, sino tiempo detenido, donde las grietas guardan el polen de lo que no fue; allí las flores de azahar brotan como suspiros de cal, mientras los sueños se enredan en el musgo, buscando una salida hacia el aire que se curva. El viento es un cartero ciego que no sabe leer, golpea las puertas de madera con dedos de salitre, trayendo el aroma de los vastos bosques de pino y sombra, donde el verde es una oración que se repite al infinito antes de despeñarse por el acantilado hacia la espuma. “El amor era un hilo de seda bajo la tormenta”, dice el anciano cuya piel es un mapa de naufragios; su recuerdo es un faro que gira en una habitación vacía, iluminando por un instante el rostro de una juventud que se disolvió en el agua como un terrón de azúcar. Hay largas playas donde la arena cuenta los pasos de los ausentes, una aritmética de huellas que el mar borra con su lengua fría. Allí, la horizontalidad es una promesa de regreso, un espejo de platino donde el cielo se mira las heridas y se reconoce pequeño, frágil, casi humano. Fragmento aleatorio de una tarde de agosto: Un pétalo, un guijarro, el latido de un buey, la sombra de una nube que parece un caballo, y ese olor a resina que se mezcla con el yodo en una danza de contrarios que se aman sin tocarse. Te recuerdo como se recuerda el primer frío del año: un escalofrío que confirma que aún estamos vivos. Estabas allí, entre el muro y el bosque, con las manos llenas de semillas de esperanza y los ojos perdidos en el horizonte de los barcos. Los ancianos trenzan redes de palabras sobre la mesa de pino, hablan de besos que sabían a lluvia y a tierra mojada; su memoria es un jardín de flores secas, pero vibrantes, donde cada pétalo es una carta que nunca fue enviada, escrita con la caligrafía del viento sobre el polvo. El bosque se adentra en la playa con paso de gigante, las raíces beben el agua amarga de las mareas y las ramas se visten de caracolas y de redes. Es la unión del pulmón de la tierra y el corazón del abismo, una sinfonía de oxígeno y sal que nos envuelve. No hay fealdad en la ruina si la flor la reclama, ni hay tristeza en el olvido si el sueño lo habita. El muro es solo el marco de una ventana hacia el alma, un límite de piedra que la imaginación salta para correr descalza por la orilla de los días. Al final, solo queda el eco de un nombre en el aire, un “te recuerdo” que vibra en las hojas y en las olas. Somos el viento que pasa, el bosque que crece, la playa que espera, y ese muro de piedra que, a pesar de todo, sigue guardando el calor del sol después de que se ha ido.
Versos destacados, puntuaciones y análisis
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Verso más mencionado por el jurado
«su recuerdo es un faro que gira en una habitación vacía»
3 selecciones.
Otros versos mencionados
«Te recuerdo como se recuerda el primer frío del año: un escalofrío que confirma que aún estamos vivos.»
2 selecciones.
«El viento es un cartero ciego que no sabe leer…»
2 selecciones.
«El amor es ese bosque, esa playa, ese muro florecido; una arquitectura de instantes donde los viejos nos miran.»
Veredictos y análisis
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